3 abr. 2011

Los verdes de Josefa no saben de sequías

Palabras pronunciadas en la despedida de La pintora de Los Cerrillos


Paula Rivero Ramírez

Verdes aguacate, verdes jojoto, verdes cambur, verdes  de loro, verdes maizales, verdes camburales, verdes cañaverales… verdes cercanos, verdes aflorando después de la sequía.

El verde habla de fertilidad, de alimento, de espacio para que vuelen sobre él los pájaros, para que la vida se despliegue. Josefa Sulbarán tomó a dos manos ese color, se alimentó de él… Tanto verde tenía en su ser que un día, hace medio siglo, en la clandestinidad de su cuarto comenzó, sin tener idea de cómo hacerlo, a colocar los matices que se desbordaban de su ser en una caja de zapatos. Entre las tonalidades colocó su mundo: Los Cerrillos,  la capilla de Santa Rosalía, los niños jugando en el recreo...

Duró algún tiempo pintando en la clandestinidad, pero aquellos verdes con capilla, casas y niños jugando en el recreo eran un tesoro, cuyo brillo era más grande que la humildad de Josefa, y los rayos de ese tesoro sorprendieron al sacerdote, luego a uno y a otro visitante… hasta que en 1967 llegó a los oídos de un crítico de arte (Carlos Contramaestre) el rumor de que en este caserío, había una señora reproduciendo la belleza sobre un cartón.

Entonces el nombre de Josefa Sulbarán comenzó a salir en los periódicos regionales y nacionales, y junto a ese nombre el de Los Cerillos. El resto de la historia es muy conocido. Josefita, sin quererlo, salió del anonimato: Llovían los encargos, las invitaciones a exposiciones en los salones de arte más importantes del país. También vinieron los premios, las condecoraciones. Los críticos la califican como una de las pintoras venezolanas más importantes.

Pero regresemos a 1967. A Josefa le daba pena que la llamaran pintora, pues era un alma sencilla. En Los Cerrillos no salíamos de la sorpresa. Esa pintora, reconocida por la crítica, era Josefita, la hija de María Virginia, la hermana de Apálico,  la tía de Marita, la mamá de Auxiliadora.


Un lavatorio de almas

En Los Cerillos aprendimos a quererla desde niños, porque siempre tenía una sonrisa, porque escuchaba cuando tenía que hacerlo, y  encontraba  las mejores palabras para agradarnos. Nunca dejó de ser una de nosotros, cercana, amiga… Junto con Auxiliadora, hizo de su hogar la casa de todos: Del rico, del pobre, de los cuerdos y los menos cuerdos, de los creyentes y los ateos. 

Veníamos a su casa a lavarnos el alma: Mientras sus manos llenaban de color un lienzo, ella contaba historias a dúo con Auxiliadora, quien muchas veces entonaba canciones entre risas. Esa casa era un lavatorio de almas, pues aquellas mujeres sin saberlo arropaban con su paz hasta a los espíritus más atormentados.

Las personas que venían a conocer a la artista, también encontraban en ella a la mujer, y luego no sabían qué los atraía más si su calidad artística o su sensibilidad humana. Muchos de quienes solo venían a ver o comprar sus obras, terminaron aquí lavándose el espíritu.

Hoy el mundo de arte, y aquellos que sólo pudieron tener acceso a sus pinturas, lamentan el fallecimiento de una artista. Quienes la conocimos como persona lloramos porque ya no nos veremos en su ojos.

Pero ¿Podemos separar su calidad artística de su calidad humana? Definitivamente no. Ella fue una gran pintora, porque fue un gran ser. Pudo captar la fertilidad de los verdes, porque ella era fértil. Pudo plasmar la riqueza cultural de nuestra gente, porque ella tenía riquezas internas.

La tristeza que nos ocasiona su partida no durará mucho… Todos esos cañaverales, bucares, maizales… Toda la alegría que ella volcó sobre sus lienzos… Toda esa belleza visual, y las historias que nos contó a dúo con Auxiliadora serán más fuertes que la nostalgia. Sabemos que su sobrina Marita seguirá con la dulzura aprendida de aquellas nobles mujeres abriéndonos la puerta hacia los tesoros que dejó la pintora.

Celebremos los verdes: Josefita, de la mano de su Auxiliadora, escalarán la cuesta de estos pesares, y nos recordarán que la vida es como las paraduras de niño, las fiestas de San Isidro y las procesiones de Santa Rosalía.
 Los verdes de Josefita no saben de sequías.  


Nota:
Josefa Sulbarán fue sepultada, en el cementerio de Mendoza, el 15 de enero de 2010. La periodista y profesora universitaria, Paula Rivero pronunció estas palabras de despedida.

(Imágenes cortesía de Paula Rivero)

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3 abr. 2011


Los verdes de Josefa no saben de sequías

Palabras pronunciadas en la despedida de La pintora de Los Cerrillos


Paula Rivero Ramírez

Verdes aguacate, verdes jojoto, verdes cambur, verdes  de loro, verdes maizales, verdes camburales, verdes cañaverales… verdes cercanos, verdes aflorando después de la sequía.

El verde habla de fertilidad, de alimento, de espacio para que vuelen sobre él los pájaros, para que la vida se despliegue. Josefa Sulbarán tomó a dos manos ese color, se alimentó de él… Tanto verde tenía en su ser que un día, hace medio siglo, en la clandestinidad de su cuarto comenzó, sin tener idea de cómo hacerlo, a colocar los matices que se desbordaban de su ser en una caja de zapatos. Entre las tonalidades colocó su mundo: Los Cerrillos,  la capilla de Santa Rosalía, los niños jugando en el recreo...

Duró algún tiempo pintando en la clandestinidad, pero aquellos verdes con capilla, casas y niños jugando en el recreo eran un tesoro, cuyo brillo era más grande que la humildad de Josefa, y los rayos de ese tesoro sorprendieron al sacerdote, luego a uno y a otro visitante… hasta que en 1967 llegó a los oídos de un crítico de arte (Carlos Contramaestre) el rumor de que en este caserío, había una señora reproduciendo la belleza sobre un cartón.

Entonces el nombre de Josefa Sulbarán comenzó a salir en los periódicos regionales y nacionales, y junto a ese nombre el de Los Cerillos. El resto de la historia es muy conocido. Josefita, sin quererlo, salió del anonimato: Llovían los encargos, las invitaciones a exposiciones en los salones de arte más importantes del país. También vinieron los premios, las condecoraciones. Los críticos la califican como una de las pintoras venezolanas más importantes.

Pero regresemos a 1967. A Josefa le daba pena que la llamaran pintora, pues era un alma sencilla. En Los Cerrillos no salíamos de la sorpresa. Esa pintora, reconocida por la crítica, era Josefita, la hija de María Virginia, la hermana de Apálico,  la tía de Marita, la mamá de Auxiliadora.


Un lavatorio de almas

En Los Cerillos aprendimos a quererla desde niños, porque siempre tenía una sonrisa, porque escuchaba cuando tenía que hacerlo, y  encontraba  las mejores palabras para agradarnos. Nunca dejó de ser una de nosotros, cercana, amiga… Junto con Auxiliadora, hizo de su hogar la casa de todos: Del rico, del pobre, de los cuerdos y los menos cuerdos, de los creyentes y los ateos. 

Veníamos a su casa a lavarnos el alma: Mientras sus manos llenaban de color un lienzo, ella contaba historias a dúo con Auxiliadora, quien muchas veces entonaba canciones entre risas. Esa casa era un lavatorio de almas, pues aquellas mujeres sin saberlo arropaban con su paz hasta a los espíritus más atormentados.

Las personas que venían a conocer a la artista, también encontraban en ella a la mujer, y luego no sabían qué los atraía más si su calidad artística o su sensibilidad humana. Muchos de quienes solo venían a ver o comprar sus obras, terminaron aquí lavándose el espíritu.

Hoy el mundo de arte, y aquellos que sólo pudieron tener acceso a sus pinturas, lamentan el fallecimiento de una artista. Quienes la conocimos como persona lloramos porque ya no nos veremos en su ojos.

Pero ¿Podemos separar su calidad artística de su calidad humana? Definitivamente no. Ella fue una gran pintora, porque fue un gran ser. Pudo captar la fertilidad de los verdes, porque ella era fértil. Pudo plasmar la riqueza cultural de nuestra gente, porque ella tenía riquezas internas.

La tristeza que nos ocasiona su partida no durará mucho… Todos esos cañaverales, bucares, maizales… Toda la alegría que ella volcó sobre sus lienzos… Toda esa belleza visual, y las historias que nos contó a dúo con Auxiliadora serán más fuertes que la nostalgia. Sabemos que su sobrina Marita seguirá con la dulzura aprendida de aquellas nobles mujeres abriéndonos la puerta hacia los tesoros que dejó la pintora.

Celebremos los verdes: Josefita, de la mano de su Auxiliadora, escalarán la cuesta de estos pesares, y nos recordarán que la vida es como las paraduras de niño, las fiestas de San Isidro y las procesiones de Santa Rosalía.
 Los verdes de Josefita no saben de sequías.  


Nota:
Josefa Sulbarán fue sepultada, en el cementerio de Mendoza, el 15 de enero de 2010. La periodista y profesora universitaria, Paula Rivero pronunció estas palabras de despedida.

(Imágenes cortesía de Paula Rivero)

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